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Resistencia en Lo Hermida: “Lamentablemente, esto no es Vitacura”

Durante la madrugada del lunes 11 de noviembre, los vecinos de la población de Peñalolén se juntaron a protestar por el incumplimiento de una promesa realizada por el Minvu y la Municipalidad. A las seis y media de la mañana, la represión policial ya había comenzado. Todo lo que ocurrió después no tiene precedentes.

Por Tamara Kohler y Josué Laval

En junio de este año, el Ministerio de Vivienda y Urbanismo (Minvu) se comprometió con las 1.500 familias pertenecientes a los comités de vivienda de Lo Hermida a adquirir un terreno para construir sus nuevos hogares y terminar con la situación que viven hace años: ser allegados y vivir en condiciones de hacinamiento. El 5 de septiembre les comunicaron que eso no iba a ocurrir por falta de presupuesto y porque la empresa Cousiño Macul dijo que no pondría en venta el terreno. El pasado lunes, los vecinos de ese sector decidieron tomarse el terreno de la viña para ejercer presión. Desde entonces, la violencia policial que se ha vivido no ha tenido límites.

Romina (21) es una vecina del sector y es parte del comité “Abriendo caminos”, compuesto por un total de 80 familias. Esta es una de las 16 agrupaciones que está esperando tener acceso a vivienda propia.Esa mañana nos encontrábamos protestando pacificamente, yo fui y hablé con Carabineros cuando llegaron, les dije que se fueran, que estábamos tranquilos. Ellos no hicieron caso a nuestras palabras y cada vez se pusieron más violentos”, explica.

Romina y otros vecinos presentes en el lugar dicen estar decepcionados por la ausencia total de la Municipalidad de Peñalolén. “La alcaldesa anda en todos los canales hablando, pero acá no ha venido ni una sola persona a preguntar cómo estamos. Eso demuestra que no hay interés ni en nosotros, ni en nuestra situación”.

Protección a la infancia inexistente

A las 22:14 horas del miércoles 23 de octubre, y en pleno toque de queda, nació Lilith Rodriguez. Veinte días después, Carabineros entró de forma violenta y sin motivos al block donde ella vive con sus padres y sus dos hermanos mayores. Para protegerla de los gases lacrimógenos, su madre utilizó los insumos que le dieron en el hospital, como las leches y mantas de algodón para sellar y poner presión a la puerta donde protegerían a la recién nacida. Además, prendieron dos ventiladores que tenían en la casa y los pusieron en ambos lados de la cuna para generar mayor movimiento de aire alrededor de Lilith.

Lilith, de 20 meses, en los brazos de su madre.
Lilith, de 20 días, en los brazos de su madre.

“Lo que vivimos fue una batalla. Nosotros no estábamos haciendo nada y ellos entraron en nuestro block sin motivo. Mi hija, además, es prematura. Cuando vimos que los pacos venían entrando, mandamos a José a decirles que por favor no subieran”, expresa Luis Rodríguez, padre de Lilith.

José Campos (25) es hermano de Lilith. Durante la noche del lunes 11 de noviembre estuvo a punto de perder su ojo derecho. “A las cinco de la tarde yo le decía a los Carabineros que tuvieran criterio porque había menores de edad y recién nacidos. Me ignoraron y me apuntaron tres veces. En la noche se repitió la situación, pero me dispararon y me llegó un perdigón en el ojo. Menos mal estaba con lentes ópticos, sino estaría contando otra historia”, explica.

José Campos, 25 años.
José Campos, 25 años.

Respecto al ingreso de Carabineros al conjunto de viviendas, José manifiesta que “fue ilegal, porque no tenían orden. Eran motociclistas que se instalaron en el patio y querían tirar bombas lacrimógenas. Al encararlos, protegiendo a mis hermanas pequeñas, nos querían llevar presos”, cuenta.


El capitán Juan Pablo Palma, de la 43º subcomisaría de Peñalolén, se desliga de esos hechos: “A los mandos pertinentes les corresponde realizar una investigación administrativa para poder dilucidar cómo fue el procedimiento policial”, dice.

Violencia sin precedentes

Aylin (21) tiene dos meses de embarazo. Prefirió mantener su apellido en privado, pues no quiere que la identifiquen. A las 19:00 horas del lunes 11 de noviembre, una bomba lacrimógena ingresó por su ventana y cayó sobre su cama. Ella la agarró rápidamente y la lanzó hacia fuera. Unos minutos más tarde, Carabineros entró a su block y derribó la puerta de entrada de su casa. Ahí la agarraron y la sacaron de la casa, la golpearon en el ojo y recibió patadas en el suelo. Nadie en su hogar sabía que estaba en estado de gravidez. Ella se había enterado hace solo dos semanas. “Yo les dije, pero no les importó. Ahí mi mamá se enteró. Fue todo bien terrible, pero no quiero denunciar, no me siento protegida”, cuenta.

Aylin, 21 años.
Aylin, 21 años.

David Rosales (35) vive en la calle Santa María, que colinda con Los Presidentes. “Yo llegué a las seis de la tarde del trabajo y ya estaba todo colapsado. Carabineros estaba disparando desde Los Presidentes hacia dentro de nuestro pasaje, y con las horas se volvió peor: era realmente una lluvia de balas. Yo me acosté como a las tres de la mañana y los escopetazos seguían. Hoy (martes) decidí no ir a trabajar para quedarme con mi familia. Nos dedicamos a recoger los restos de bombas lacrimógenas, gases pimienta y cartuchos que habían en el suelo, aunque la mayoría se los llevó Carabineros para limpiar la escena. Lo más probable es que esta noche pase lo mismo pero ya estamos organizándonos mejor”.

El día martes, el enfrentamiento entre Carabineros y los pobladores que protegían los pasajes en primera línea comenzó a las seis de la tarde. Todo esto después de manifestaciones pacíficas que comenzaron a darse en el sector desde las cinco, y donde no solo habían vecinos de Peñalolén, sino que contaban con el apoyo de personas de Macul, La Reina y Ñuñoa, que caminaron desde la Rotonda Grecia para apoyar. La represión fue igual a la de la noche anterior, pero los efectivos policiales se instalaron en la calle Caracas, donde esta la subcomisaría, y se quedaron ahí hasta la madrugada, provocando y atacando a los manifestantes. “Ellos nos decían que nos acercáramos, con una actitud desafiante. Ahí son los más jóvenes los que enganchan, pero nosotros solo queríamos estar protegidos en nuestras casas”, cuenta Luis Rodríguez.

A pesar de que Lo Hermida tiene una organización social y política bastante recurrente en fechas como el 11-S y el día del joven combatiente, sus vecinos dicen que jamás habían vivido algo así. “Nunca habíamos recibido tanta violencia de parte de carabineros. Lo que vivimos esa noche no tiene precedentes”, cuenta David Rosales.

Las justificaciones de Carabineros que agravan la falta

Desde la 43º subcomisaría de Peñalolén, ubicada a un kilómetro de la intersección entre las calles Santa María y Los Presidentes, aclaran que concurrieron al lugar a las 06:30 de la mañana del lunes “porque unas 300 personas habían ingresado a la Villa Cousiño Macul por accesos no regulados, botando algunos perimetrales”.

El capitán Juan Pablo Palma defiende el actuar de Carabineros: “Nos empezaron a lanzar objetos contundentes: piedras, bombas molotov, nos dispararon. Entonces tuvimos que hacer uso de los medios logísticos necesarios para comenzar a disuadir esta manifestación que ya no era pacífica, sino que bastante agresiva contra el personal policial”.

Aunque luego se contradice: “Cuando 800 personas vienen con bombas molotov, lanzando elementos contundentes, y además con armamento, no nos queda otra que actuar de esa forma, aunque se vean perjudicadas personas que no están involucradas”, asevera.

– ¿Realmente eran 800 personas con bombas molotov?
– No todos, pero hay antisociales que nos lanzan bombas molotov y disparan. Son una minoría.

Frente a esto, José Campos expresa que la actitud de Carabineros siempre fue desafiante e incitadora con el objetivo de justificar la violencia ejercida. “Lamentablemente no somos Vitacura, lamentablemente somos la Población Lo Hermida. Ese es el problema que ocurre aquí. Nosotros no justificamos la violencia, pero ellos nos violentan a nosotros. Nos ignoran cuando les pedimos que por favor no lancen bombas lacrimógenas porque hay menores de edad. No conocen la palabra criterio, ni la humanidad”.

Actualmente, el Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH) se encuentra en el terreno, tomando declaraciones de los vecinos y constatando lesiones de todo tipo. El informe se sumará a todas las causas denunciadas a nivel nacional existentes desde el inicio del estallido social en Chile.

Instituto Nacional de Derechos Humanos en Lo Hermida
INDH en Lo Hermida

* Cuando este reportaje terminó de ser escrito (miércoles 13 de noviembre) Carabineros seguía lanzado bombas lacrimógenas en el sector, aunque los disparos cesaron. Los vecinos decidieron poner banderas blancas en todos los blocks de Santa María con Los Presidentes para dejar en evidencia que no quieren más represión policial.

Marca imborrable: La vida después de perder un ojo

J.R. es una de las 197 personas que resultaron con heridas oculares durante las manifestaciones en la Región Metropolitana. El joven de 17 años perdió por completo la visión de su ojo derecho tras recibir un perdigón en Plaza Baquedano. Pero, según indica la familia, el parche es lo de menos. Tras el incidente, J.R no ha vuelto a ser el mismo, se le diagnosticó estrés agudo y su tia, Carolina Del Valle, sufre por la salud mental de su sobrino.
Por Javier Machuca y Andre Zambra

Es un día caluroso en la comuna de Providencia. Una brisa entra por la ventana de J.R., donde está sentada Carolina del Valle, su tía. J.R. pasa por el living y saluda, pero no dice ninguna palabra. Se da un par de vueltas y vuelve a su pieza, no sabe que su cuidadora está contando su historia.

El joven de 17 años fue diagnosticado con estrés agudo tras perder por completo la visión de su ojo derecho luego de recibir un perdigón en Plaza Baquedano, situación que tensa a la familia. “No queremos que vuelva a revivir el episodio” es como explica Carolina que su sobrino no dé la entrevista. Cuenta que han tenido que tomar medidas extremas en la casa. Los televisores solo se encienden cuando J.R. está durmiendo, por miedo a que escuchar noticias sobre marchas y violencia lo descompense. “Hemos estado un poco desconectados desde el accidente. Pero la salud de J.R. es más importante”.

La tía del joven conoce el relato de memoria. Lo escuchó cuando J.R. lo contó en el Hospital Salvador y por segunda vez cuando éste se lo contó a sus padres. Fue ella quien se encargó de informarle al resto de la familia lo que había sucedido. Dice que se preocupa de entregar la información bien, que no quiere que cataloguen de delincuente a J.R.

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El calvario de la familia comenzó el viernes 1 de noviembre. La réplica de la marcha más grande de Chile comenzó a las 17:00 en Plaza Baquedano. J.R. junto a un grupo de cuatro amigos asistieron desde el comienzo. Habían dejado sus uniformes en la casa de uno de los amigos. No alcanzaron a acercarse al centro de la plaza por la gran cantidad de gente que había, por lo que estaban expuestos.

Según cuenta Carolina, J.R. nunca había tenido problemas por mala conducta en el colegio. Franco Méndez, amigo del joven, confirmó esta información, agregando que J.R. “es la voz de la razón dentro del grupo”. Méndez estuvo con J.R. durante la manifestación y asegura que estuvo en todo momento intranquilo. “Era como que quería estar ahí pero al mismo tiempo no. No tenía miedo pero no se sentía seguro”.

El grupo de escolares cantó junto al resto de los asistentes a la marcha. Saltaban y movían el cartel que habían llevado, el que decía “menos pacos, más pitos”. Según recuerda Méndez, no alcanzaron a divisar a Carabineros antes de que les llegara la primera lacrimógena. “Cayó súper cerca de donde estábamos y ahí con dos cabros nos tapamos la nariz y la boca con pañuelos. J.R. no había llevado el suyo”.

Los jóvenes no se separaron e intentaron seguir saltando pero se hizo imposible cuando llegó el carro lanza agua. Ahí se dispersaron, J.R. corrió con Méndez y otro amigo en dirección a la calle Ramón Carnicer. No alcanzaron a acercarse a la calzada cuando se escuchó el primer disparo. Vino el segundo y J.R. cayó al piso. Méndez junto al tercer amigo lo tomaron entre los brazos y lo movieron a un lugar menos concurrido. Ahí empezaron a hacer señales para que vinieran los de la Cruz Roja. “Es angustiante, me acuerdo y me da angustia. No hay nada peor que ver a tu amigo ahí, tirado. Habría preferido ser yo, yo lo merecía más que él”.

Méndez se quedó hasta que pudieron trasladar a J.R. al hospital. Ahí hizo el relevo con Carolina. “Lloré en cuanto lo vi en la camilla. Uno no se da cuenta de lo fuertes que son estas cosas hasta que le pasa a alguien cercano”. La tía acompañó al joven y estuvo ahí cuando despertó. Según ella, el joven hizo un relato escueto, el mismo que les dio a sus padres cuando estos volvieron de Algarrobo.

“Mi niño no era el más alegre ni el alma de la fiesta, pero era simpático y amable, ahora es como un ente”. Carolina ha acompañado al joven durante sus días de encierro en la casa. Lo deja dormir hasta tarde y leer en la noche, solo un poco para no forzar el ojo que le queda. No puede ocupar su celular ni prender el computador. “No puede hacer nada que lo exponga”.

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“Vivir en Chile vale un ojo de la cara”, se puede leer en una pared de la capital. Y es que, el caso de J.R. se repite a lo largo del país. Según indica el informe emitido por el Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH) a raíz de las protestas, más de 2.000 personas han resultado heridas. De estas personas, 197 presentan traumas oculares severos.

Según indicó la Sociedad Chilena de Oftalmología en un reportaje de Mega, más de un 50% de estas lesiones oculares han sido producto de la detonación de perdigones.

Rodrigo Nieto, psiquiatra adulto, explica que el estrés agudo causado por episodios traumáticos puede escalar a un diagnóstico a mediano y largo plazo, como lo es el estrés postraumático.

“Con estas vivencias traumáticas, las personas reforman, dentro de su sistema fisiológico, los sensores emocionales. Entonces cuando hablamos de un estrés agudo, estamos hablando de un choque directo del momento, que puede pasar o escalar, dependiendo de la persona, a trastornos psicológicos más graves”, aseguró.

En relación con esto, Asociación Chilena de Estrés Traumático entregó un comunicado donde advierten de los peligros de esta crisis social y lo que puede causar en la gente.

“Uno de los eventos con mayor potencial traumático es la violencia interpersonal, en especial cuando proviene de los organismos que deberían garantizar la protección de la gente”, expresó la corporación.  

En esa línea, la asociación aseguró que muchos de estos episodios de violencia por parte de entes que sirven al Estado comprenden un impacto psicológico en la mayoría de las personas. “Esto se debe a que los supuestos básicos de seguridad se ven menoscabados, siendo reemplazados por la inseguridad, el miedo y un sentimiento de indefensión generalizado”.

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Pablo Portales, primo de J.R., es quien más ha compartido con él desde la agresión. Dice estar preocupado más del futuro que del presente. “Es obvio que va a estar así después de lo que le pasó. Lo que hay que ver es cómo lo vamos a sacar adelante”. Pablo lo percibe lejano y aislado. A veces lo acompaña a comer en su pieza y le recuerda la infancia que compartieron juntos. “Supongo que así tiene la mente activa, o por lo menos hace como si lo hiciera.

Méndez lo fue a visitar en un par de ocasiones y dice que es como estar con otra persona. “Del grupo yo soy el más cercano. Con el resto es más para adentro pero conmigo sacaba su lado más chistoso. Ahora nada”. Cuenta que cuando lo fue a ver no obtuvo más respuestas que sí, no, no sé y quizás. “Es como si estuviera durmiendo o como si viviera en otro mundo”.

Los padres de J.R. quieren llevarlo lo antes posible a un psicólogo, no quieren ver a su hijo perderse en sí mismo. Carolina revela que ha hecho lo posible porque esperen un poco. “No creo que tratarlo de inmediato vaya a ayudar la situación. Primero hay que esperar que se calme el país. J.R. no puede volver a la normalidad si no hay normalidad”.

J.R. aparece por segunda vez en el living de la casa. Tiene un vaso de jugo en la mano y mira a su tía. Se queda ahí por casi un minuto y después vuelve a perderse por el pasillo. Carolina evita el contacto visual y con los ojos llorosos mira por el ventanal a medio abrir. “Creo que no hay nada más que te pueda decir”.

La familia decidió no presentar ninguna denuncia hasta el momento. Según Carolina Del Valle, J.R. no está en condiciones de hacer publico su caso, sobretodo por su estado de salud actual. “No creo que sea adecuado que mi sobrino reviva esta experiencia por ahora. Quizás más adelante hagamos la denuncia, pero ahora no se nos pasa por la cabeza exponerlo a esa presión”, explicó la tía.

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