El drama de las paperas dentro de las cárceles de Santiago

Un gran número de reclusos de diversos centros penitenciarios de la capital ha contraído parotiditis, un virus altamente contagioso que también ha afectado a gendarmes. Pese a la gravedad del asunto, no existen cifras claras de la cantidad de infectados, tampoco se ha elaborado un protocolo general para evitar la propagación de la enfermedad, que ha atrasado procesos judiciales a personas que podrían estar libres y hace aún más precaria la situación carcelaria en el país.

Por: Sebastián Palma

“Nunca se supo cómo ni dónde empezó el tema de las paperas, a nosotros simplemente nos dijeron que había un brote de la enfermedad, pero eso fue mucho después de que yo me contagiara”, dice un joven gendarme, que prefiere mantener su identidad protegida. Su voz se oye lenta y cansada.

“Me di cuenta de que estaba contagiado justo la semana del 18 de septiembre, yo tenía unos días libres y estaba en el sur con mi familia. Durante las fiestas me empecé a sentir mal, sentí un dolor en la mandíbula y no podía masticar. Pensé que había sido un pedazo de carne que comí o las muelas del juicio que me están saliendo, pero en la noche fue demasiado, tuve que partir a urgencias, ahí me pincharon y me dieron medicamentos para el dolor. Me diagnosticaron parotiditis aguda”, cuenta el funcionario, quien pasó varios días con licencia médica y fue uno de los primeros casos de contagio de paperas, enfermedad que hoy aqueja a cientos de reclusos y a una decena de sus compañeros uniformados.

Y si bien la encargada de Salud de Gendarmería, Beatriz de Gregorio, cifró en más de 354 los casos confirmados con parotiditis en entrevista con Radio Biobío, diversas fuentes al interior de los penales señalan que el número de contagiados es mucho mayor, y que los casos se han propagado en los centros penitenciarios de Puente Alto, Santiago 1, la Penitenciaría y el Centro de Menores de San Joaquín.

La expansión del virus, en distintos centros penitenciarios, se habría dado en el traslado de los imputados desde tribunales a sus respectivas cárceles. Es precisamente en estos viajes, donde existe contacto directo entre reclusos de diferentes recintos.

“Nosotros sacamos todas las mañana a los internos ya sean de Santiago 1, de la Penitenciaria, de Puente Alto o de Colina, y todos ellos se juntan en un mismo calabozo. Es decir, que si uno de esos internos ha tenido contacto con el virus es muy probable que se vayan a contagiar los demás”, señala el gendarme que sufrió paperas y que justamente cumple funciones de traslado de imputados.

Pese a que las características del virus de parotiditis no implican grandes riesgos para la salud, si la enfermedad no es tratada oportunamente,  las paperas pueden afectar órganos como el páncreas, el sistema nervioso central y los testículos. De esta manera, en algunos casos, se puede presentar pancreatitis, que se acompaña de otros síntomas como dolor en la boca del estómago, vómitos e intolerancia alimentaria.

El mayor problema de la enfermedad radica en  que es extremadamente contagiosa, según explica el infectólogo Jacob Cohen, en el sitio web de la Clínica Las Condes, “El virus de las paperas se transmite a través del fluido de la boca o la nariz de las personas infectadas. El virus también se puede traspasar por contacto directo, al manipular pañuelos o utilizar vasos que ha usado el enfermo. Las personas con paperas son especialmente contagiosas durante el período comprendido entre dos días antes de la aparición de los síntomas y seis días después de que se acaba”, señala el especialista.

Como medida preventiva, ante la alta probabilidad de contagios, la Defensoría Penal Pública tomó acciones concretas, las que incluyeron la facilitación de mascarillas, alcohol gel y la suspensión voluntaria de las visitas de los defensores a los reos representados por ellos. Esta situación se extendió por más de dos meses y se levantó el pasado 27 de noviembre. Pese a esto, los defensores aún no pueden mantener contacto con los reclusos que presenten síntomas de parotiditis, situación extremadamente delicada, pues al no haber coordinación entre ambas partes, las resoluciones judiciales han debido aplazarse.

Otro problema relacionado a las paperas es que los reclusos que presentan el virus deben posponer sus juicios como medida de resguardo. “Si un imputado con paperas llega a un juicio oral que podría determinar un veredicto condenatorio o absolutorio, necesariamente su condición de salud implicaría aplazar los juicios. Por lo tanto, esto podría significarle más tiempo en la cárcel a alguien que podría estar libre”, afirma una defensora que mantiene su nombre en reserva en las afueras de Santiago 1.

La abogada va más allá. “Hace poco llegué a un juicio con una defensa muy bien preparada, pero en el lugar me dijeron que mi imputado no podría asistir a la audiencia por estar contagiado con paperas. Esto hizo que aplazaran el caso para mediados de enero. La situación es súper compleja porque ni siquiera lo podré visitar por las medidas de aislamiento que le darán. Él tenía muchas opciones de quedar libre, pero tendrá que esperar”.

Los contagios desde adentro

Enrique A, un recluso de la cárcel Santiago 1, cuenta que fue a hacerse un chequeo rutinario al ASA, recinto hospitalario del penal. En la sala de espera, vio a varios de sus compañeros decaídos y con las mejillas hinchadas. “Ni uno tenía mascarilla, pensé al tiro que me iba a contagiar”, señala.

Y la sospecha terminó siendo certeza. A dos semanas de su visita al ASA, Enrique sintió que las glándulas debajo de sus orejas comenzaron a hincharse y su estado de salud comenzó a deteriorase. Ante esto, personal de Gendarmería lo trasladó al módulo N° 88, donde -según él- son derivados los reclusos que presentan parotiditis.

En el módulo, Enrique presentó fiebre, vómitos y se le hinchó su cara, además de él, 12 personas estaban en la misma zona de aislamiento. Una semana después de la aparición de los primeros síntomas, a Enrique se le hinchó su testículo derecho. Tras esto, fue derivado al ASA, ahí estuvo cinco días hospitalizado en una pieza aislada, donde le administraron medicamentos que finalmente lo estabilizaron.

Pese a que los síntomas de Enrique se presentaron durante dos semanas y no causaron mayores complicaciones para su salud, las medidas de aislamiento para prevenir el contagio a otros reclusos no fueron las mejores. Al momento de sentir los primeros síntomas, Enrique compartía la habitación con otro reo, además tuvo contacto directo con otros compañeros en los patios del recinto.

Para Isabel Arriagada, Directora de Litigación Estructural para América del Sur (Leasur), ONG que se dedica a la defensa y promoción de los derechos de las personas privadas de libertad, la situación con respecto a las paperas es “Aberrante, brutal y dramática, pero por ningún motivo sorpresiva”. La experta considera que el principal problema penitenciario en Chile, radica en la falta de protocolos y en la poca coordinación entre las instituciones judiciales.

“Las cárceles de Chile no presentan protocolos de emergencia, ni coordinación institucional. En muchos casos la Defensoría se entera de las situaciones a través de los gendarmes de menor rango. No existe una coordinación entre la Defensoría, Gendarmería y el Poder Judicial, todo se queda en la minucia y en el pasillo, sin que existan protocolos ni política de Estado ante episodios como estos. Todas las cárceles en Chile, dependen de la buena voluntad de los gendarmes o de la solidaridad de los presos, y si eso se acaba, las cárceles terminarán siendo una jungla”, afirma.

Un diagnostico parecido tiene Juan Carlos Orellana, Presidente de la Asociación Nacional de Funcionarios Penitenciarios (Anfup), quien critica las limitadas medidas -que a su juicio- se tomaron para prevenir los contagios entre los gendarmes, pese a que según él, la Anfup notificó los casos prematuramente a Gendarmería.

“Pero desde las Direcciones Regionales no hicieron mucho, de hecho recién están tomando medidas ahora que el tema ya es visible. Pero el mayor problema es la falta de información entre Gendarmería y el Ministerio de Salud, quien debería actuar en estas situaciones”, señala Orellana.

Y es precisamente al Ministerio de Salud donde apuntan la mayor cantidad de críticas sobre el alto número de contagios.

“Que no existan datos certeros de cuántos reclusos se encuentran contagiados de paperas, es la evidencia misma de que no hay un control de la enfermedad, de que no hay procedimientos de parte del Ministerio de Salud”, señala Isabel Arriagada.

Juan Carlos Orellana agrega que “la única respuesta que tuvieron para los gendarmes fueron mascarillas y gel para las manos, siendo que lo que los funcionarios pedían que gente del Ministerio de Salud, especializada en el tema, instruyera a los de la guardia interna, pero eso nunca ocurrió”.

A su vez, el gendarme contagiado señala que la situación puede ser aún más grave de lo que se ha podido constatar. Asegura que muchos de sus compañeros no reconocen estar contagiados. “Creo que hay muchos compañeros míos contagiados, pero por un tema de vergüenza quizás no han dicho nada, esta enfermedad es muy incómoda por razones estéticas, sobre todo para nosotros que trabajamos con gente complicada”, indica.

La misma idea es compartida por la defensora, quien afirma que “acá siempre tiene que sobrevivir el más fuerte, entonces imagínate éste hombre que tiene que representar una figura potente y masculina al interior de un módulo, con la cara y los testículos hinchados. Muchos gendarmes y reclusos se lo deben guardar”.

Para este reportaje se intentó insistentemente contar con la declaración del Ministerio de Salud. Sin embargo, no hubo respuesta.  

 

 

 

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