La vida dentro del campamento de Plaza Italia

Varios campamentos han proliferado en Santiago Centro y Providencia en los últimos años. Esta es la dispareja historia de los indigentes de uno de ellos. Algunos viven en la calle hace años y aseguran que no la cambiarían por nada, otros intentan salir adelante inmersos en un mundo de drogas, desafectos y precariedad.

Por: Sebastián Palma

El Freddy se levantó mañoso, la caña que le dejó el pisco Campanario con Pap que se bajó solo la noche anterior lo tiene mal. Se soba la guata con su mano izquierda, la misma donde tiene tatuada Colo-Colo, una de las pocas frases que sabe leer. Se queja, se echa en el suelo refunfuñando. Ya no da más. Cruza unas palabras con El Peca, quien le entrega una bolsita, un remedio. Entra a su carpa y en menos de un minuto ya está bien. “Un sakesito pa´despertar”, dice sobre la cocaína que acaba de consumir.

Son las diez de la mañana en Plaza Italia.

El Freddy tiene que estar despierto, “aguja”. Se levantó tarde y ya es hora de trabajar estacionando autos en la calle Ramón Carnicer, a un costado del Parque Bustamante. Pasará la mañana como casi todos los días. Freddy saludará al encargado del parquímetro municipal que no le queda otra que respetar su cuadra, estacionará el auto de Luis Dimas, quien cariñoso le dará un abrazo. Luego de un par de horas de pega, volverá a encerrarse en su carpa para drogarse otra vez.

Mientras eso pasa, El Peca lava su ropa en un balde lleno de agua y jabón Simonds. Refriega sus calzoncillos, sus calcetas y su objeto más preciado, sus Nike Air. Las lava con particular atención. Primero saca las plantillas y con una escobilla las repasa minuciosamente, hace lo mismo con los cordones, finalmente lava cada zapatilla, las que quedan completamente blancas, es lo único blanco -aparte del jale en el campamento donde cada noche duermen 7 hombres.

El campamento de Plaza Italia llama la atención, pero pocos transeúntes parecen verlo. Eso a pesar de las 4 carpas que lo componen, además de la parrilla que humea a la hora de almuerzo, la música gitana que retumba en un parlante y la tele que sintoniza Chilevisión religiosamente a las siete y media de la tarde, hora en que se enciendes los focos del parque, los mismos de dónde sacan la energía eléctrica por medio de un cable, una toma de corriente triple y cinta adhesiva.

Solo El Freddy y El Peca se quedan todo el día en el campamento, los otros cinco indigentes que duermen en el Parque salen a trabajar en otros puntos de la ciudad. Venden helados y baratijas en las micros, trabajan en la construcción o incluso salen con su mejor pinta a buscar pega.

Ese último es Matías, “el cabro chico”, como lo apodan. Él fue el último en llegar al grupo, tiene 25 años, y hace un mes que vive en la calle. Se fue de su casa por problemas familiares, igual que el 62,8% de las 10.610 personas que viven en situación de calle, según datos del Ministerio de Desarrollo Social. Nunca antes había vivido en la calle, de hecho trabaja part-time en una multitienda del Mall Plaza Oeste, pero la plata no le alcanza para arrendar una pieza donde dormir.

Me fui de mi casa por problemas familiares y una depresión que me agarró. No tenía donde ir, pasé una noches en la posta de Puente Alto, pero después me vine acá a Plaza Italia, aquí los cabros me dieron una mano mientras salgo de esto”, cuenta Matías, quien hace pocos días se ganó el espacio dentro de una carpa, luego de que una vecina les regalara una nueva al grupo. Antes dormía a la intemperie.

La calle te llama

Matías no es como los demás indigentes de Plaza Italia, tiene estudios medios completos. Según él, estudió Logística y Operaciones Industriales en Inacap, maneja terminologías bastante específicas y actualmente está leyendo el libro El Secreto de Rhonda Byrne. Un texto de autoayuda que promueve “la ley de atracción”, que postula que cada persona puede obtener lo que quiere a través de pensamientos positivos.

El libro se lo regaló Javier Tentracoste, un ciudadano argentino y chofer de Uber, que regularmente visita el campamento para ayudar a alguno de los indigentes. Matías es su predilecto. A parte del libro, le presta la ducha de su casa en el centro de Santiago, le regaló ropa e incluso lo ayudó a redactar un currículo. Metódico, estructurado, proactivo, responsable, disciplinado. Esas palabras usaron para definirlo como trabajador.

“Matías no calza con el tipo de gente que normalmente vive en la calle. De hecho, la primera vez que lo vi el andaba con un saco de carbón. Yo pensé que estaba ayudando como yo. El Freddy, El Peca y los demás llevan más de veinte años viviendo en la calle, ellos no se van a reinsertar. Yo te puedo asegurar que si les das una casa, ellos se irían a la calle igual. En cambio Matías no, él se quiere ir de la calle, pero no le alcanza la plata”, asegura Tentracoste.

La misma idea repite Matías. “No quiero vivir así”.

“Pero la calle te llama, no la puedes dejar”. Al menos eso dice El Peca minutos antes de encerrarse en su carpa a drogarse para desaparecer, para no hablar más.

Y ese precisamente es el miedo de Javier Tentracoste: “Él pasa hambre, frio  y los demás miembros del campamento son acogedores, son su familia. Eso le debe hacer mierda la cabeza porque ellos lo contienen, pero son gente difícil que toman y se drogan para evadir la realidad y el Mati puede agarrar eso. Pero yo te aseguro que no le debe gustar vivir así”.

Llega la tarde en Plaza Italia. El Freddy deja de estacionar autos, las zapatillas del Peca se siguen secando. El grupo junta las monedas para el Campanario con Pap. La bebida amarillosa es servida en vasos plásticos. En el parlante sigue sonando la música gitana, corren cigarrillos rojos de boca en boca. Uno a uno los indigentes entran a la carpa para el jale correspondiente.

-“Cabro chico, te toca”. Le gritan a Matías, que entra a la carpa sin titubear.

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